ALFONSO MALASPINA.1923-2010

ALFONSO MALASPINA.1923-2010
ALFONSO MALASPINA

jueves, 10 de septiembre de 2026

EL CUJÍ

 

 

 

EL CUJÍ

 

 

 


 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

1

Los gallos alzaron sus patas tratando de herirse mutuamente. Los gritos retumbaban en toda la gallera y la arena era cruzada por un tropel de apuestas. Antes, entre tragos de cervezas, se había concertado el combate entre el zambo de plumas brillantes aterciopeladas y correctamente podadas, proveniente de Valle de la Pascua, y el giro de la cuerda del propio Pacheco, el dueño del local, sin retoques en el atuendo que le dio la naturaleza.

2

El forastero vestía pulcramente: camisa manga larga de caqui, jeans bien planchados, botas frazzani recién pulidas y, por supuesto, sombrero de pelo e guama. Sostenía un vaso con whisky en su mano derecha. Lanzó una apuesta sostenida en las espuelas del zambo desde la más alta de las gradas, reservadas para galleros de tercera categoría. Una verdadera contradicción entre su apariencia externa, trago incluido, y su ubicación en las tablas

3

Mi padre, sentado en una de las sillas dispuestas alrededor del ruedo, le tomó la palabra al forastero y la apuesta fue concertada y refrendada con un solo vocablo: ¡Pago!

4

Cuando el zambo dio una voltereta mortal para de inmediato caer hacia su reposo más apacible y definitivo, el giro se le aproximó para el innecesario remate. La mitad del público irrumpió en un desafinado y estentóreo concierto de voces y manifestaciones de alegría. La otra mitad era un cuadro de rostros compungidos, resignados, pero ignorantes de la ciega e inexorable posibilidad única de la vida y el ludo ante las bifurcaciones y dilemas.

5

Mi padre esperó tranquilamente en su asiento al forastero mientras los ánimos alteraban la movilización de los presentes. Poco a poco la euforia fue cediendo en la medida que la pasión daba paso a los preparativos de la próxima batalla, previa cancelación de las deudas contraídas en la recién finalizada riña. La prudencia tiene sus límites. Mi padre posó su vista sobre las altas y vacías gradas.

El forastero se marchó con la cabuya en la pata. No cabía duda.

6

Entramos a la sede de la comandancia policial. Un agente cumplía la guardia sentado con su silla recostada en la pared, con el fusil reglamentario sobre sus piernas y mirando hacia la plaza solitaria como todos los domingos.

Mi padre saludó respetuosamente.

El policía contestó con un "¿Qué se le ofrece?".

Mi padre explicó el motivo que le llevaba a denunciar al forastero.

El policía no lo pensó mucho y dijo:

—Ese hombre se entregó voluntariamente y ya está tras las rejas.

7

¡Suelte a ese pobre hombre! Fue la escueta respuesta de mi padre.

8

Ya en el camión, mi padre exclamó:

—¡Se perdió la palabra! Son tiempos de cujíes* en todas partes.

 

 

*En la jerga gallística, un cují es una apuesta fraudulenta.

Gallero