EL CUJÍ
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Los gallos alzaron sus patas tratando de herirse
mutuamente. Los gritos retumbaban en toda la gallera y la arena era cruzada por
un tropel de apuestas. Antes, entre tragos de cervezas, se había concertado el
combate entre el zambo de plumas brillantes aterciopeladas y correctamente
podadas, proveniente de Valle de la Pascua, y el giro de la cuerda del propio
Pacheco, el dueño del local, sin retoques en el atuendo que le dio la
naturaleza.
2
El forastero vestía
pulcramente: camisa manga larga de caqui, jeans bien planchados, botas frazzani
recién pulidas y, por supuesto, sombrero de pelo e guama. Sostenía un vaso con
whisky en su mano derecha. Lanzó una apuesta sostenida en las espuelas del
zambo desde la más alta de las gradas, reservadas para galleros de tercera
categoría. Una verdadera contradicción entre su apariencia externa, trago incluido,
y su ubicación en las tablas
3
Mi padre, sentado en una de las sillas dispuestas
alrededor del ruedo, le tomó la palabra al forastero y la apuesta fue
concertada y refrendada con un solo vocablo: ¡Pago!
4
Cuando el zambo dio una
voltereta mortal para de inmediato caer hacia su reposo más apacible y
definitivo, el giro se le aproximó para el innecesario remate. La mitad
del público irrumpió en un desafinado y estentóreo concierto de voces y
manifestaciones de alegría. La otra mitad era un cuadro de rostros compungidos,
resignados, pero ignorantes de la ciega e inexorable posibilidad única de la
vida y el ludo ante las bifurcaciones y dilemas.
5
Mi padre esperó tranquilamente en su asiento al
forastero mientras los ánimos alteraban la movilización de los presentes. Poco
a poco la euforia fue cediendo en la medida que la pasión daba paso a los
preparativos de la próxima batalla, previa cancelación de las deudas contraídas
en la recién finalizada riña. La prudencia tiene sus límites. Mi padre posó su
vista sobre las altas y vacías gradas.
El forastero se marchó con la cabuya en la pata. No
cabía duda.
6
Entramos a la sede de la comandancia policial. Un
agente cumplía la guardia sentado con su silla recostada en la pared, con el
fusil reglamentario sobre sus piernas y mirando hacia la plaza solitaria como
todos los domingos.
Mi padre saludó respetuosamente.
El policía contestó con un "¿Qué se le
ofrece?".
Mi padre explicó el motivo que le llevaba a denunciar
al forastero.
El policía no lo pensó mucho y dijo:
—Ese hombre se entregó voluntariamente y ya está tras
las rejas.
7
¡Suelte a ese pobre hombre! Fue la escueta respuesta
de mi padre.
8
Ya en el camión, mi padre exclamó:
—¡Se perdió la palabra! Son tiempos de cujíes* en
todas partes.
*En la jerga gallística, un cují es una apuesta
fraudulenta.