ALFONSO MALASPINA.1923-2010

ALFONSO MALASPINA.1923-2010
ALFONSO MALASPINA

miércoles, 21 de octubre de 2026

EL HIJO DE LA NOCHE

 

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA

 

EL HIJO DE LA NOCHE.

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

 

 

 

 

1

El petróleo fue descubierto en las cercanías de Las Mercedes del Llano (Palacios) en 1946  por las compañías Texas y Caracas Petroleum, las cuales unidas adoptaron el nombre de Petrolera Las Mercedes.

Los trabajos en los campos petroleros permitieron la construcción de obras monumentales como el oleoducto que llevaba el oro negro hasta Puerto La Cruz en 1948.

Estas labores arduas necesitaban de grandes cantidades de mano de obra. A Las Mercedes llegaron personas de todos los rincones del país en busca de trabajo. Este gran movimiento de gentes impulsó la economía de la ciudad.

Aparecieron negocios, residencias y restaurantes.

 

 

2

El español Alejandro Ferro abrió el restaurante “El hijo de la noche”, el cual fue adquirido por nuestro padre. Estaba allí en la esquina de la avenida Bolívar con la calle Colombia, donde han funcionado todos los negocios de nuestro padre.

El español Alejandro Feero le vendió el restaurante a nuestro padre y se marchó del pueblo; pero antes le regaló un perro a nuestro hermano Miguel. El can fue llamado “Lobo” y resultó ser un animal muy inteligente y muy querido por todos nosotros.

 

 

 

3

El restaurante “El hijo de la noche” rendía honor a su nombre: sus puertas permanecían abiertas las veinticuatro horas del día. El ritmo de trabajo de la petrolera exigía cambios de guardia. La masa obrera satisfacía sus necesidades alimentarias asistiendo a posadas y tarantines, pero también a restaurantes como “El hijo de la noche”, el cual proporcionó trabajo a muchas personas que fungieron de cocineras y meseros.

Papá atendía personalmente el restaurante.

 

4

“El hijo de la noche” tenía aspecto de tasca con sus respectivos sillones altos para servir a los clientes en la barra.

Detrás había unas vitrinas de vidrio con botellas de licores y enlatados.

El mesón, con aspecto marmóreo, tenía un tablero azul con un zócalo amarillo. Una cafetera estaba en uno de sus extremos.

Papá sugería servir el café en tazas de porcelana sobre platillos y con un vaso de agua.

 

(Fuente: Miguel Simón Malaspina Guerra)

 

 

 

 

 

 

viernes, 16 de octubre de 2026

EL REFRESCAMIENTO DE LOS GALLOS

 

 

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA

 

 

EL REFRESCAMIENTO DE LOS GALLOS.

 

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

1

Papá cuidaba sus gallos con esmero. Los mantenía en sus jaulas, amarrados a una cabuya o en el patio para cogerles pollos. Los alimentaba con una medida exacta, los entrenaba y los curaba en caso de heridas.

Papá recurría a otros expertos para ciertas labores. Orange afeitaba y descrestaba sus gallos. El refrescamiento de sus ejemplares con caña clara lo hacía cualquiera acostumbrado a los lavagallos, que así se llaman los aguardientes baratos para uso gallístico.

 

2

El tío Nemesio varias veces fungió de rociador de los gallos de papá. Tío Nemesio se refería a papá como “el Paisano”, y entre risas contaba la siguiente anécdota:

 

El Paisano me pidió refrescar sus gallos. Me dio una botella de caña clara. Yo tomaba un buche, me lo tragaba y le decía: "Un momento, Paisano, ya lo refresco".  Varias veces hice esto con distintos gallos. Hasta que el Paisano me dijo:

—    Nemesio, creo que lo estás haciendo por viveza.

 

Y tío Nemesio soltaba la carcajada.

 

 

 

 

viernes, 2 de octubre de 2026

EL GAVILÁN

 ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA.

 

 

 

 

EL GAVILÁN

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

 

1

Papá tenía muy buena puntería con las armas de fuego. Una vez viajábamos a Cabruta y me preguntó:

 

—¿Quieres que te enseñe a disparar?

 

—Sí, le dije.

 

Detuvo el carro y bajamos a la sabana. Me señaló un punto y le disparó. Acertó. Luego me dio unas explicaciones y me entregó la pistola.

 

Disparé y sentí que me caía. El tiro me empujó hacia atrás y mis manos se movieron hacia todos los lados. Quedé sordo por unos instantes del estruendo.

 

Me dio nuevas explicaciones. Volví a disparar. Me tambaleé menos y dominé mejor las manos, pero la bala cayó lejos del blanco.

Más nunca he tomado un arma; y no me arrepiento.

 

 

2

 

Un búho se posaba sobre el almendrón del patio y llenaba de tristeza mis tardes mercedenses con su ulular, pero no se metía con nadie; en cambio, un viejo gavilán nos azotaba y se llevaba, cada día, entre sus garras un pollo. Nuestro padre vio amenazada su cuerda de gallos finos. No tenía ninguna arma de fuego, por eso mandó a Carlos donde un vecino para pedirle prestado un rifle.

Carlos preguntó:

—¿Cuántas balas le pido?

—Una sola.

 

 

3

El gavilán alzó el vuelo con un pollito que piaba entre sus garras. Papá hizo el disparo y detuvo al ave rapaz para siempre. El pollito se salvó.

4

Este episodio para mí es inolvidable porque, al caer el gavilán, salieron de sus plumas un montón de piojos. Eso me hizo sentir lástima   porque entendí que en el mundo animal también hay pordioseros.

 

 

 

 

 

 

 

El gavilán.


 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

EL PUMERO DE JUAN CHIQUITO

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA

 

EL PLUMERO DE JUAN CHIQUITO

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra




1

Papá tuvo varios plumeros. El primero estaba en la casa, lateral a la carnicería y en la cual montó una bodega. En ese plumero había unos cajones con dos departamentos y puertas de tela metálica para que las gallinas empollaran sus huevos. También tenía jaulas para gallos. Los morrocoyes se desplazaban libremente por el piso de tierra. En varias oportunidades vimos cómo emergía de un huevo una nueva cría de morrocoy.

El otro plumero estaba en nuestra casona de la avenida Bolívar. Cuando Miguel construyó su casa, papá decidió hacer un plumero a un lado de la casona, en un terreno que colindaba con lo de doña Julia.

 

2

Para la construcción del nuevo plumero, papá contrató a Juan Chiquito, un hombre de bajísima estatura, pero muy responsable y laborioso.

Juan Chiquito era “toero”: hacía cualquier trabajo, con tal de ganarse el pan honradamente.

 

 

3

Papá le entregó los materiales de construcción a Juan Chiquito: estantes de madera, láminas de cinc, alambre de gallinero, alambre dulce, clavos, etc.

 

4

Juan Chiquito trabajó en solitario con fervor y entusiasmo, pero sin ninguna vigilancia.

Finalizada la obra, Juan Chiquito se la mostró a papá, quien se sorprendió y enojó al comprobar que Juan Chiquito diseñó el plumero a su medida, imagen y semejanza.

El plumero se parecía a las residencias de los enanitos de Blancanieves,

5

Papá no remodeló el plumero liliputiense. Se resignó a agacharse cada vez que visitaba a sus animales.

 

 

EL PLUMERO DE JUAN CHIQUITO

 


sábado, 26 de septiembre de 2026

EL GALLERO

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA

 

 


EL GALLERO

 

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

 

1

Papá fue un gallero chapado a la antigua: jugaba a los gallos por amor al arte. No lo hacía por razones lucrativas. Apostaba poco dinero en las peleas.

Sus gallos alcanzaron cierta fama por sus resonantes victorias en el entorno gallístico local y regional. Recuerdo a un gallo giro que ganó luego de quedar ciego: así conservó su invicto. Lo metió en una jaula para “cogerle pollo”; una manera de decir que se dejaba de padrote para obtener una buena descendencia. Cuando murió ese gallo giro lo enterró a la vera de un níspero que estaba en el patio. Carlos lo ayudó en esa tarea.

2

Otro gallo destacado fue “El comeranas”. No es necesario explicar por qué le dieron ese nombre.

 

Inolvidable fue un gallo al que lo llamaban “El Gallino”. Era un ejemplar de color negro, un “córner”. Carlos decía que esos gallos salían de la unión de un gallo fino con una pataruca. Tal vez se trate de un gallo inglés llamado Cornish.

 

Ese Gallino ganaba en dos minutos. Una vez ganó en un minuto. Alguien le preguntó a papá si lo volvería a jugar. Papá aceptó el reto, y el Gallino, nuevamente, salió victorioso en poco tiempo. Todo un récord: dos peleas en media hora.

 

3

Papá entrenaba sus gallos con el ocho: pasaba el gallo entre sus piernas con movimientos rápidos como si estuviera dibujando un número 8.

 Los colocaba sobre una cuerda para que adquirieran destrezas de equilibrio. 

Ponía a pelear a dos ejemplares con sus espuelas cubiertas con trapos. Eso se llama la bota.

 

También recurría al careo: un gallo (el careador) picaba otro gallo que estaba en fase de preparación. El gallo sometido a esa prueba se enfurecía y reaccionaba con ganas de pelear. Esa es una manera de mantener alerta los reflejos necesarios para la lidia.

4

La cuerda de gallos de papá estaba en un cuarto de bloques de cemento, ubicado al final del patio. Al frente de esa construcción sobresalía un tubo: era un aljibe del que Mamavira extraía agua para consumo de la casa.

 

En ese cuarto los  gallos estaban en sus jaulas o amarrados con una cuerda.

En las mañanas, ese cuarto se convertía en una sala de conciertos musicales.

 

 

5

Papá alimentaba sus gallos con maíz a una hora fija, una solo vez al día. La medida era un envase cualquiera. En sus respectivos cubículos los gallos tenían un recipiente con agua.

En la mañana los pesaba y les suministraba jugo de naranja.

El control del peso era muy necesario a la hora de llevarlos a la balanza antes de un posible combate.

 

Los gallos eran rociados con aguardiente para refrescarlos. Esa parte del cuido de sus animales no le atraía a papá, por eso recurría a alguien para que le echara un trago a un gallo.

 

En el transcurso de la semana papá seleccionaba el gallo que llevaría a la gallera de Pacheco. Al comprobar que estaba en buenas condiciones para pelear, decía:

—¡Está hasta la boca!

6

Nosotros acompañábamos a papá los domingos a la gallera para cuidar los gallos de posibles marramucieros que podían colocar en minusvalía a cualquier gallo a través del maltrato físico o simplemente lanzándoles un maíz envenenado.

 

 

7

Papá era el veterinario de sus gallos. Tenía un botiquín con medicamentos, elixires y cremas para tratar las heridas.

 

8

 

El gallo ganador era rociado con orina para desinfectarlo, antes de soltarlo al patio para unas merecidas vacaciones.

El gallo perdedor terminaba convertido en empanadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GALLERO

 


Gallero




 

A caballo. La tanquilla. Gavilan.




 

sábado, 19 de septiembre de 2026

LOS GUINEOS DE SAN ANTONIO.

 ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA.

 

(Tras la huella del pasado. Cuando éramos eternos en la sombra de la infancia)

 


LOS GUINEOS DE SAN ANTONIO.

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

 

1

Viajar a San Antonio, la finca de nuestro padre, era uno de los momentos más felices de nuestra infancia. Eso sucedía un sábado o un domingo.

Papá manejaba la camioneta, y nosotros, los niños, nos sentábamos en el platón o parte trasera descubierta.

San Antonio, ubicado a escasos kilómetros de Las Mercedes, era un hato cuyo nombre recuerda la tradición de honrar al santo de la familia. El padre de nuestro abuelo, Michel Malaspina, se llamaba Antonio; y ese nombre se ha transmitido de generación en generación. Mamavira trajo un cuadro de San Antonio, y nuestro padre donó a la iglesia de Las Mercedes del Llano una escultura de San Antonio.

2

Cuando la camioneta bajaba el cerro del camión o tal vez de San Nicolás, experimentábamos esa sensación de cosquilleo abdominal o de mariposas en el estómago; entonces, todo era una gritería con muchas risas.

Todos esperábamos ese sube y baja con verdadera emoción.

3

San Antonio tenía una casa campestre y gente que la cuidaba, corrales, sembradíos y animales como vacas, caballos, cochinos y aves.

4

Hay una escena que quedó grabada con nitidez en mi memoria: papá lanza granos de maíz en el patio, y los guineos ruidosos se acercan a comer. Luego, nuestro padre hace un solo disparo. Caen varios guineos, mientras la mayoría alza el vuelo a corta distancia. Las aves muertas se llevan a la cocina para el almuerzo. Otras se apartan para nuestra casa. Además de los guineos, traíamos   una cántara de leche y unas mazorcas de maíz.

5

 

En el zoológico de Moscú vi una jaula con guineos que me hizo recordar los viajes a San Antonio, cacería incluida, con esta información:

El nombre científico de los guineos es Númida meleagris. Númida es una región del norte de África, donde los romanos encontraron los guineos para llevárselos, criarlos y usar su carne y sus huevos.

 

El término meleagris proviene de la mitología griega: del héroe Meleagro. Cuando murió Meleagro, sus hermanas lloraron con desesperación. La diosa Artemisa transformó a las hermanas de Meleagro en guineos para aliviar su duelo. Las lágrimas que derramaron las hermanas son las manchas blancas que adornan el plumaje gris de los guineos, y significan gotas de agua purificada.

 Es decir, para los griegos el canto de los guineos les parecía un triste lamento.

 

 

 

 

 

 

Cacería de guineos.


 

sábado, 12 de septiembre de 2026

ALFONSO MALASPINA Y UN POEMA DE FEDERICO GARCÍA LORCA.

 

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA.

ALFONSO MALASPINA Y UN POEMA DE FEDERICO GARCÍA LORCA.

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

1

Hace poco se cumplieron noventa años del fusilamiento del gran poeta español Federico García Lorca (1898-1936). Esa conmemoración, reseñada por todos los diarios y redes sociales, me hizo recordar que nuestro padre leía sus versos y recitaba, de cuando en cuando, uno de sus poemas más famosos: La casada infiel (Romancero gitano, 1928).

 

2

Papá apenas terminó la educación básica, pero esa escuela, de la primera mitad del siglo XX, era muy exigente y hacía hincapié en los recursos de la memoria. Por eso, papá citaba libros, hablaba de la Revolución Francesa, de escritores y poetas.

Los maestros como José Antonio de Armas Chitty eran estrictos y consideraban la disciplina el fundamento de la educación.

La lectura de un texto hasta sabérselo de memoria era garantía de que el nuevo conocimiento se fijaría en el cerebro por mucho tiempo.

La poesía, por su rima y musicalidad, se aprende más fácil.

 

3

Papá sabía de memoria los versos de Federico García Lorca. Hablaba de las mujeres lorquianas: la gitana, entre otras. “Los poemas de Lorca”, decía, “son los mejores dedicados a las mujeres”.

 

4

Algunas estrofas de La casada infiel que nuestro padre recitaba:

 

 

 

 

 

Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

                        —0—

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido,

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río.

             —0—

Me porté como quien soy.

Como un gitano legítimo.

La regalé un costurero

grande de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marido

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.

 

Alfonso Malaspina lee a Federico García Lorca.


 

jueves, 10 de septiembre de 2026

EL CUJÍ

 

 

 

EL CUJÍ

 

 

 


 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

1

Los gallos alzaron sus patas tratando de herirse mutuamente. Los gritos retumbaban en toda la gallera y la arena era cruzada por un tropel de apuestas. Antes, entre tragos de cervezas, se había concertado el combate entre el zambo de plumas brillantes aterciopeladas y correctamente podadas, proveniente de Valle de la Pascua, y el giro de la cuerda del propio Pacheco, el dueño del local, sin retoques en el atuendo que le dio la naturaleza.

2

El forastero vestía pulcramente: camisa manga larga de caqui, jeans bien planchados, botas frazzani recién pulidas y, por supuesto, sombrero de pelo e guama. Sostenía un vaso con whisky en su mano derecha. Lanzó una apuesta sostenida en las espuelas del zambo desde la más alta de las gradas, reservadas para galleros de tercera categoría. Una verdadera contradicción entre su apariencia externa, trago incluido, y su ubicación en las tablas

3

Mi padre, sentado en una de las sillas dispuestas alrededor del ruedo, le tomó la palabra al forastero y la apuesta fue concertada y refrendada con un solo vocablo: ¡Pago!

4

Cuando el zambo dio una voltereta mortal para de inmediato caer hacia su reposo más apacible y definitivo, el giro se le aproximó para el innecesario remate. La mitad del público irrumpió en un desafinado y estentóreo concierto de voces y manifestaciones de alegría. La otra mitad era un cuadro de rostros compungidos, resignados, pero ignorantes de la ciega e inexorable posibilidad única de la vida y el ludo ante las bifurcaciones y dilemas.

5

Mi padre esperó tranquilamente en su asiento al forastero mientras los ánimos alteraban la movilización de los presentes. Poco a poco la euforia fue cediendo en la medida que la pasión daba paso a los preparativos de la próxima batalla, previa cancelación de las deudas contraídas en la recién finalizada riña. La prudencia tiene sus límites. Mi padre posó su vista sobre las altas y vacías gradas.

El forastero se marchó con la cabuya en la pata. No cabía duda.

6

Entramos a la sede de la comandancia policial. Un agente cumplía la guardia sentado con su silla recostada en la pared, con el fusil reglamentario sobre sus piernas y mirando hacia la plaza solitaria como todos los domingos.

Mi padre saludó respetuosamente.

El policía contestó con un "¿Qué se le ofrece?".

Mi padre explicó el motivo que le llevaba a denunciar al forastero.

El policía no lo pensó mucho y dijo:

—Ese hombre se entregó voluntariamente y ya está tras las rejas.

7

¡Suelte a ese pobre hombre! Fue la escueta respuesta de mi padre.

8

Ya en el camión, mi padre exclamó:

—¡Se perdió la palabra! Son tiempos de cujíes* en todas partes.

 

 

*En la jerga gallística, un cují es una apuesta fraudulenta.