ALFONSO MALASPINA.1923-2010

ALFONSO MALASPINA.1923-2010
ALFONSO MALASPINA

sábado, 12 de septiembre de 2026

ALFONSO MALASPINA Y UN POEMA DE FEDERICO GARCÍA LORCA.

 

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA.

ALFONSO MALASPINA Y UN POEMA DE FEDERICO GARCÍA LORCA.

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

1

Hace poco se cumplieron noventa años del fusilamiento del gran poeta español Federico García Lorca (1898-1936). Esa conmemoración, reseñada por todos los diarios y redes sociales, me hizo recordar que nuestro padre leía sus versos y recitaba, de cuando en cuando, uno de sus poemas más famosos: La casada infiel (Romancero gitano, 1928).

 

2

Papá apenas terminó la educación básica, pero esa escuela, de la primera mitad del siglo XX, era muy exigente y hacía hincapié en los recursos de la memoria. Por eso, papá citaba libros, hablaba de la Revolución Francesa, de escritores y poetas.

Los maestros como José Antonio de Armas Chitty eran estrictos y consideraban la disciplina el fundamento de la educación.

La lectura de un texto hasta sabérselo de memoria era garantía de que el nuevo conocimiento se fijaría en el cerebro por mucho tiempo.

La poesía, por su rima y musicalidad, se aprende más fácil.

 

3

Papá sabía de memoria los versos de Federico García Lorca. Hablaba de las mujeres lorquianas: la gitana, entre otras. “Los poemas de Lorca”, decía, “son los mejores dedicados a las mujeres”.

 

4

Algunas estrofas de La casada infiel que nuestro padre recitaba:

 

 

 

 

 

Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

                        —0—

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido,

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río.

             —0—

Me porté como quien soy.

Como un gitano legítimo.

La regalé un costurero

grande de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marido

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.

 

Alfonso Malaspina lee a Federico García Lorca.


 

jueves, 10 de septiembre de 2026

EL CUJÍ

 

 

 

EL CUJÍ

 

 

 


 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

1

Los gallos alzaron sus patas tratando de herirse mutuamente. Los gritos retumbaban en toda la gallera y la arena era cruzada por un tropel de apuestas. Antes, entre tragos de cervezas, se había concertado el combate entre el zambo de plumas brillantes aterciopeladas y correctamente podadas, proveniente de Valle de la Pascua, y el giro de la cuerda del propio Pacheco, el dueño del local, sin retoques en el atuendo que le dio la naturaleza.

2

El forastero vestía pulcramente: camisa manga larga de caqui, jeans bien planchados, botas frazzani recién pulidas y, por supuesto, sombrero de pelo e guama. Sostenía un vaso con whisky en su mano derecha. Lanzó una apuesta sostenida en las espuelas del zambo desde la más alta de las gradas, reservadas para galleros de tercera categoría. Una verdadera contradicción entre su apariencia externa, trago incluido, y su ubicación en las tablas

3

Mi padre, sentado en una de las sillas dispuestas alrededor del ruedo, le tomó la palabra al forastero y la apuesta fue concertada y refrendada con un solo vocablo: ¡Pago!

4

Cuando el zambo dio una voltereta mortal para de inmediato caer hacia su reposo más apacible y definitivo, el giro se le aproximó para el innecesario remate. La mitad del público irrumpió en un desafinado y estentóreo concierto de voces y manifestaciones de alegría. La otra mitad era un cuadro de rostros compungidos, resignados, pero ignorantes de la ciega e inexorable posibilidad única de la vida y el ludo ante las bifurcaciones y dilemas.

5

Mi padre esperó tranquilamente en su asiento al forastero mientras los ánimos alteraban la movilización de los presentes. Poco a poco la euforia fue cediendo en la medida que la pasión daba paso a los preparativos de la próxima batalla, previa cancelación de las deudas contraídas en la recién finalizada riña. La prudencia tiene sus límites. Mi padre posó su vista sobre las altas y vacías gradas.

El forastero se marchó con la cabuya en la pata. No cabía duda.

6

Entramos a la sede de la comandancia policial. Un agente cumplía la guardia sentado con su silla recostada en la pared, con el fusil reglamentario sobre sus piernas y mirando hacia la plaza solitaria como todos los domingos.

Mi padre saludó respetuosamente.

El policía contestó con un "¿Qué se le ofrece?".

Mi padre explicó el motivo que le llevaba a denunciar al forastero.

El policía no lo pensó mucho y dijo:

—Ese hombre se entregó voluntariamente y ya está tras las rejas.

7

¡Suelte a ese pobre hombre! Fue la escueta respuesta de mi padre.

8

Ya en el camión, mi padre exclamó:

—¡Se perdió la palabra! Son tiempos de cujíes* en todas partes.

 

 

*En la jerga gallística, un cují es una apuesta fraudulenta.

Gallero

 




domingo, 26 de abril de 2026

LA ALERGIA DEL POLLO

 

ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA.

 

LA ALERGIA DEL POLLO.


 

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

1

En un cuarto al final del patio estaba la cuerda de gallos, en jaulas o amarrados con cabuyas. En el propio patio deambulaban las gallinas con sus pollos. Los pollos que empezaban a cambiar el tono de sus cantos y se peleaban entre sí, eran apartados y ubicados en el cuarto. Pero incluso, estando ya en el cuarto de los gallos experimentados en el ruedo de los combates, esos gallos jóvenes seguían llamándose “pollos”.

2

Uno de esos pollos eran un giro de imponente estampa  y habilidades con sus patas muy prometedoras. En los entrenamientos con los otros pollos demostraba sus capacidades bélicas: volaba por encima de la cabeza de sus contrincantes y los golpeaba fuertemente con sus botas: tiras de trapos enrolladas sobre sus espuelas para evitar dañar a su compañero de cuerda.

3

Luego de unos de esos entrenamiento el pollo giro salió con una herida. Era apenas una pequeña incisión en la parte inferior de la extremidad; pero papá sabía que esos pequeños traumas plantares podían convertirse en “pateras”, una inflamación mayor que hacía renquear a los animales y los inhabilitaba por mucho tiempo para participar en las faenas de lidias domingueras de la temporada.

4

Le pondré penicilina como profilaxis , dijo papá y tomó una inyectadora de plástico desechable multiuso (y valga el oxímoron) de aguja larga. Rompió una ampolla de agua destilada y succionó su contenido.  Luego vertió el agua en el frasquito. Batió la mezcla del antibiótico con el agua, y cuando aclaró la solución, le aplicó la jeringa para extraerla. Tomó al giro con su mano izquierda, y con la derecha le introdujo la aguja por la pechuga. Cuando la inyectadora quedó completamente vacía, el pollo dobló su cuello: murió instantáneamente sin emitir ningún sonido.

5

Papá  expidió de inmediato un acta de defunción verbal: ¡Era alérgico a la penicilina¡

6

Todo gallo, joven o viejo, que muriera en circunstancias que no implicaban el uso de venenos, era llevado a la cocina. Y el pollo giro no fue la excepción: su carne suave auguraba buenas mechas para hacer empanadas, el plato preferido de papa los domingos de derrotas.

7

La autopsia culinaria demostró que la aguja introducida por la pechuga había atravesado el corazón del ave desde sus ventrículos hasta las aurículas, paralizando sus movimientos. La aguja se convirtió en un eje que unió el ápex con la base del corazón y semejaba,seguramente, esas imágenes artísticas que intentan representar las más dolorosas rupturas amorosas.