ANECDOTARIO DE ALFONSO MALASPINA.
EL GAVILÁN
Edgardo Rafael
Malaspina Guerra
1
Papá tenía muy buena puntería con las armas de fuego. Una vez viajábamos
a Cabruta y me preguntó:
—¿Quieres que te enseñe a disparar?
—Sí, le dije.
Detuvo el carro y bajamos a la sabana. Me señaló un punto y le disparó.
Acertó. Luego me dio unas explicaciones y me entregó la pistola.
Disparé y sentí que me caía. El tiro me empujó hacia atrás y mis manos
se movieron hacia todos los lados. Quedé sordo por unos instantes del
estruendo.
Me dio nuevas explicaciones. Volví a disparar. Me tambaleé menos y
dominé mejor las manos, pero la bala cayó lejos del blanco.
Más nunca he tomado un arma; y no me arrepiento.
2
Un búho se posaba sobre el almendrón del patio y llenaba de tristeza mis
tardes mercedenses con su ulular, pero no se metía con nadie; en cambio, un
viejo gavilán nos azotaba y se llevaba, cada día, entre sus garras un pollo.
Nuestro padre vio amenazada su cuerda de gallos finos. No tenía ninguna arma de
fuego, por eso mandó a Carlos donde un vecino para pedirle prestado un rifle.
Carlos preguntó:
—¿Cuántas balas le pido?
—Una sola.
3
El gavilán alzó el vuelo con un pollito que piaba entre sus garras. Papá
hizo el disparo y detuvo al ave rapaz para siempre. El pollito se salvó.
4
Este episodio para mí es inolvidable porque, al caer el gavilán,
salieron de sus plumas un montón de piojos. Eso me hizo sentir lástima porque entendí que en el mundo animal
también hay pordioseros.
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